Las nubes son el suelo del cielo, la parte más baja de la gloria, ese perdedor de la carrera.
Siempre que había nubes te convertías en ese deportista frustrado, en esa ansiedad de medallas perdidas, en esas carreras sin frutos, en segundos que son demasiados para un contador que no sabe de amor.
Las nubes son el suelo del cielo, esa tristeza en días rojos, esas cervezas que ya no saben al primer trago.
Siempre que había nubes era miércoles y olía a mierda, ni con mascarillas ocultabas el tufo a culpabilidad. Las repartías, con sonrisas fingidas, con orgasmos de madera, con peces de gelatina, con nubes de algodón.
Las nubes son el cielo de nuestro suelo, la felicidad por no ver el Sol de una puta vez, tus reprochables ganas de besarme, mis ganas de que el suelo del cielo nunca más se girara para buscar tu boca y que tu ansia de medallas perdidas se transformase en la carne podrida de los bares; en faldas cortas; en cubatas de garrafón.
Las nubes son el cielo de nuestro suelo, las nubes que nunca temeremos el día de nuestra boda, el agua que agradeceremos un día, la parte más agradable de nuestra gloria no compartida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario