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sábado, 15 de diciembre de 2012

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Un día de esos lluviosos de noviembre metida en la cama y oyendo los truenos que desde cielo anuncian el enfado de algún dios desconocido, te pones a pensar. Y te das cuenta de que el tic tac del reloj no ha sido benévolo con nadie, absolutamente con nadie. No dejó títere con cabeza, ni perro con dueño. El tiempo no pensó que tú tal vez querías seguir igual, siendo feliz al ver la lluvia caer, llorando por minucias que eran el más grande de tus problemas. Navegaste atrás en el tiempo, rozando con la punta de los dedos recuerdos tan dolorosos que sangraban con tan solo mirarlos, te paraste enfrente de cada uno de ellos, sosteniéndoles la mirada, llevando a cabo la peor lucha que jamás habías tenido. Enfrentarte a tu pasado, a tus errores, a tu vida desnuda, sin ropa para esconder las heridas. Llegaste al final, o al menos, al que tú creías que era el final o mejor dicho el principio. Ni una lágrima, ni dolor, ni alegría, ni ningún sentimiento catalogable como normal. Te sentías vacía, sola, pensaste que jamás en tu vida te habías sentido tan sumamente desamparada, notabas como si toda la lluvia que caía sobre los adoquines de la calle te fueran mojando poco a poco la piel, empapándola, llegando hasta los músculos y después más adentro, los órganos, tu corazón y finalmente te caló los huesos. Sentiste frío, ni en aquel pueblo perdido de Francia en pleno mes de diciembre habías sentido tal sensación. Creíste que de un momento a otro te ibas a convertir en un cubito de hielo, en un copo de nieve como esos que caen apacibles en las películas navideñas. Decidiste quedarte ahí, con tu dolor, con millones de mantas intentando apaciguar el frío glacial que recorría tu cuerpo periódicamente. Empezaste a llorar, no podías dejar de llorar, las lágrimas salían, sin motivo alguno, sin ni siquiera recordar. Te convertiste en un espectro, un fantasma que no podía vivir, ni dormir, ni comer. Creíste morir, pensabas que te encontrabas en tu último suspiro cuando de repente, en la más profunda oscuridad, en el negro más azabache que jamás habías visto aparecieron dos luces. No creo en los milagros, pero aquellas luces lo fueron, fueron el milagro que me devolvió a la vida, que me ayudó a creer de nuevo, a reconstruirme y salir y a poder mirar atrás sin dolor. Esas dos luces brillan, siguen brillando y brillaran mientras yo continúe con esta poca cordura que me queda, brillaran hasta que la última estrella del cielo se apague para nosotras. Entonces no habrá motivo material, mundano o suficientemente grande que logre separar a esas luces, porque se darán la mano y con la fuerza que tienen al estar juntas, brillaran por siempre y el siempre dura mucho tiempo.

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