Un día de esos lluviosos de noviembre metida en la cama y
oyendo los truenos que desde cielo anuncian el enfado de algún dios
desconocido, te pones a pensar. Y te das cuenta de que el tic tac del reloj no
ha sido benévolo con nadie, absolutamente con nadie. No dejó títere con cabeza,
ni perro con dueño. El tiempo no pensó que tú tal vez querías seguir igual,
siendo feliz al ver la lluvia caer, llorando por minucias que eran el más
grande de tus problemas. Navegaste atrás en el tiempo, rozando con la punta de
los dedos recuerdos tan dolorosos que sangraban con tan solo mirarlos, te
paraste enfrente de cada uno de ellos, sosteniéndoles la mirada, llevando a
cabo la peor lucha que jamás habías tenido. Enfrentarte a tu pasado, a tus
errores, a tu vida desnuda, sin ropa para esconder las heridas. Llegaste al
final, o al menos, al que tú creías que era el final o mejor dicho el
principio. Ni una lágrima, ni dolor, ni alegría, ni ningún sentimiento
catalogable como normal. Te sentías vacía, sola, pensaste que jamás en tu vida
te habías sentido tan sumamente desamparada, notabas como si toda la lluvia que
caía sobre los adoquines de la calle te fueran mojando poco a poco la piel,
empapándola, llegando hasta los músculos y después más adentro, los órganos, tu
corazón y finalmente te caló los huesos. Sentiste frío, ni en aquel pueblo
perdido de Francia en pleno mes de diciembre habías sentido tal sensación.
Creíste que de un momento a otro te ibas a convertir en un cubito de hielo, en
un copo de nieve como esos que caen apacibles en las películas navideñas.
Decidiste quedarte ahí, con tu dolor, con millones de mantas intentando
apaciguar el frío glacial que recorría tu cuerpo periódicamente. Empezaste a
llorar, no podías dejar de llorar, las lágrimas salían, sin motivo alguno, sin
ni siquiera recordar. Te convertiste en un espectro, un fantasma que no podía
vivir, ni dormir, ni comer. Creíste morir, pensabas que te encontrabas en tu
último suspiro cuando de repente, en la más profunda oscuridad, en el negro más
azabache que jamás habías visto aparecieron dos luces. No creo en los milagros,
pero aquellas luces lo fueron, fueron el milagro que me devolvió a la vida, que
me ayudó a creer de nuevo, a reconstruirme y salir y a poder mirar atrás sin
dolor. Esas dos luces brillan, siguen brillando y brillaran mientras yo
continúe con esta poca cordura que me queda, brillaran hasta que la última
estrella del cielo se apague para nosotras. Entonces no habrá motivo material,
mundano o suficientemente grande que logre separar a esas luces, porque se
darán la mano y con la fuerza que tienen al estar juntas, brillaran por siempre
y el siempre dura mucho tiempo.
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